¿Para qué era que queríamos ser grandes?



   Nacemos, crecemos, maduramos, seguimos creciendo, seguimos madurando, peinamos canas y ganas. 
   Seguimos madurando. Ya no jugamos, nos parece que ya no debemos hacerlo, ya somos grandes, no es para nosotros. Sólo debemos trabajar, entrar en el sistema que tanto odiamos; la burocracia; las largas colas; las cuentas que se convierten en deudas; nos convertimos en deudores, en morosos. 
   Ya no nos tienen compasión ni comprensión. La excusa de la edad desaparece y nos quejamos, nos quejamos más de lo normal.  
   Tenemos sueño, mucho sueño y muchos sueños. Nos damos cuenta que hay cosas que no se pueden realizar, cosas que no vamos a poder alcanzar ni siquiera viviendo dos vidas juntas. Aprendemos a valorar el tiempo, ya no es tanto como pensábamos. Calculamos los años, ¿cuánto me queda? Conocemos el significado de utopía.  
   Logramos meternos en la cabeza el hecho de que algún día moriremos. No nos importa, no lo tenemos presente, no tenemos tiempo para pensar esas cosas. Pensamos que nuestros viejos vivirán para siempre, o al menos eso es lo que inconscientemente pensamos. No nos preparamos para las malas noticias que inevitablemente llegarán. Nunca nadie aprendió a estar listo para esas cosas. 
   Sufrimiento, dolor, adolescencia. Amores que llegan; otros que se van; otros que se quedan para toda la vida. Errores; dichos mal dichos; dichos bien dichos; dichos que no se dijeron; que no quieren decirse; dichos que no se animaron a decirse. Luego los arrepentimientos. 
   Personas pasan. Los perdones también. Personas buenas, personas malas, personas tóxicas. Te empujan, te agarran, te cagan. Van, vienen, vuelven, no vuelven, querés que vuelvan  pero no lo hacen, querés que se vayan pero tampoco lo hacen. Te terminás yendo vos.  
   Preguntas, respuestas, respuestas que no eran, que no quisiste escuchar y las que te arrepentís de haber escuchado. Cosas que no quisieras saber y tenes que saber. Los caprichos y berrinches que te hacen acordar a cuando eras chico.  
   ¿Por qué lo hice? ¿Por qué mierda no lo hice? Son las preguntas que se te vienen en la cabeza primero. Después te das cuenta que no sirve de nada cuestionarse.  
   Madurar, esa actitud que la mayoría de las personas adopta para aceptar que son grandes de edad, esa actitud que las personas adoptan porque ven a otras que lo hacen a determinada edad.  
   Dejan de hacer cosas, hacen otras tantas. Son responsables, son nenes y nenas grandes.  
     Ya no podemos ponerle hielo  al te mientras vemos Dragon Ball Z a las 5 de la tarde después de salir de la escuela; ponerle tres cucharaditas de azúcar* a la chocolatada a punto tal que te quemaba la garganta de lo dulce; pararse al lado de quien contaba cuando jugábamos a la escondida y sacar buena para todos mis compas ni bien termine de contar; agarrarle las patas de adelante al perro de mi tío para hacer que bailabas; esconderse en las montañas de hojas secas que juntaba mi abuelo o usarlas de colchón; quedarse jugando toda la tarde al Sega con los amigos; dejar los bordecitos de la pizza; pelear con tu hermano para ver quien es el que pone los cubiertos.
   Entonces ¿Para qué era que queríamos ser grandes? 

*Las 3 cucharaditas es de modo sarcástico por si no se entendió. 

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