El Viejo




   Clarito en el horizonte, voz ronca que sale de la radio, el acordeón de un buen tango, los animales que recién se despiertan y la luz mala que alguna que otra vez se ve, el primer mate que hace de acompañante, quema la lengua y acostumbra la garganta al calor, el vaporcito al suspirar. 

   La mesa es un mapa de migas del almuerzo y la cena, papeles de cuentas impagas, cartones de vino Concilio, bolsas de pan vacías. Algunas herramientas de mano que no encuentran su lugar y se sienten cómodas en el suelo junto a la cucha del perro que me regaló mi hija. Más que cucha es un pedazo de trapo hecha de una sábana vieja de mi padre ya fallecido. 

   El modular no es más que un rincón de los recuerdos. Algunas fotos viejas, muchas blanco y negro de personas que ya no están conmigo. Otros marcos solitarios en una esquina, excluidos del resto, casi marginados por no tener un rostro que mostrar. Entre ellos también se encuentran algunos folletos del supermercado, en rojo y en grande se ven escritas las palabras OFERTA o PROMOCIÓN ralladas  o pintadas producto de la infancia de alguno de mis hijos que hoy de grande se olvidan de este borracho. 

   Muchas veces me puse a pensar si alguna vez me quisieron o si todavía me quieren. Dicen que el amor de padre a hijo es interminable, que es una de las cosas de la vida que es imposible explicar con palabras, yo lo siento así, pero no se si ellos sienten lo mismo por mí.
 
   Dos por tres, y para colmo, me agarran esos mareos, ganas de vomitar, o caídas repentinas y siestas no planeadas e improvisadas. Ya no me importa si hay hielo para el vino o no. Me estoy acostumbrando por si en algún momento me cortan el suministro de agua por no pagar.
 
   Mis manos ya están curtidas, resecas, un poco hinchadas y rajadas en algunas partes. Mis manos ya no pueden trabajar más, sólo tienen fuerzas para sostener a penas el filtro de algún pucho marca pichicho, de esos cigarrillos baratos, o el mismo vaso  de vino de todos los días. Tengo la barba con canas y mi pelo ya no crece sino que se cae. Las arrugas de mi cara son interminables y parece que hacen miles de conexiones. Ya no quiero mirarme al espejo porque en el fondo me siento patético, abandonado, culpable.
 
   El cenicero como centro de mesa todos los días espera ser usado unas cuántas veces por mí. Otro de mis fieles compañeros. 

   Mi única y más preciada fortuna son un buen puñado de corchos viejos manchados con vino tinto en una copa alta como de un metro y pico llena de anécdotas y buenos tiempos que pasaron. Cuando todos éramos unidos, cuando se descorchaba una botella todos los domingos y un tablón con caballetes chuecos y rengos se convertían en una mesa larga para más de 10 personas.
 
   Mi sonrisa la perdí hace tiempo ya. La alegría hoy para mi es una utopía. Yo sólo espero todos los días y cada día poder dormirme y quizá algún día nunca jamás despertar.
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   Hola, soy Nahuel y quisiera robarte un poco de tu tiempo en estas líneas ...
   En primer lugar quisiera agradecerte por cada visita a mi blog, ya sea si es la primera vez que entrás acá o si ya lo habías visitado antes :) quisiera agradecerte por cada lectura y por dejarme entretenerte al menos unos minutos con algo que amo profundamente que es la escritura.
  Y en segundo lugar quiero invitarte a que le des Me Gusta a mi página en Facebook    
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Desde ya, muchas gracias por todo! Y seguí leyendo mis notas! :)  

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